Tuesday, January 17, 2012

Deleuze y el corte de chaleco

Ensimismado en el movimiento de El nacimiento de la tragedia de Nietzsche llegué a toparme con la Diferencia y repetición de Gilles Deleuze, libro no apto para menores que enarbola la bandera de la diferencia en oposición a una Historia de la Filosofia en la que Deleuze lee los bochornos obsesivos de la Identidad. En vez, de la realidad del cogito de Descartes, Deleuze habla sobre el exceso de lo virtual vis a vis sus actualizaciones.

Lo virtual para Deleuze no es la noción chabacana de una realidad digital tipo The Matrix o Matrix Reloaded. Es más bien aquél campo mental repleto de posibilidades, de variedades e intensidades infinitas. Por definición, lo virtual es infinitamente más variado que la realidad y es precisamente esta infinidad de diferencias que la identidad opaca y suprime.

En “El jardín de senderos que se bifurcan” Borges recrea la posibilidad de una novela en la cual los hechos no suceden—como suelen suceder en la ficción—de manera lineal, un episodio después de otro. En esta novela infinita el protagonista no toma un camino predeterminado, ignorando al otro, o abre una puerta y cierra la otra. En la novela descrita en el relato de Borges todas las combinaciones ocurren, el personaje toma todos los senderos, todas la puertas permanecen abiertas y cerradas, dando lugar a una novela de posibilidades infinitas.

En Diferencia y repetición, Deleuze usa el ejemplo de “El jardín de senderos que se bifurcan” para conceptualizar este espacio virtual que se asemeja a un entramado de multitudes. Sin embargo, me parece que es posible identificar este croquis virtual y multi-direccional en relatos que a simple vista operan en la lógica rígida de sucesiones que caracterizan a la ficción tradicional. En el caso de Borges, un cuento como “El Sur” tipifica la estructura arborescente que desvirtua las posibilidades de el relato infinito. Si bien es cierto que la muerte de Juan Dahlman en un duelo de cuchillos es el sueño halucinatorio del convalesciente, todo el cuento se concentra en este punto del destino final; un destino marcado por la genealogía familiar del protagonista.

Es decir, la conclusión del cuento—la muerte de Juan Dahlmann—es el punto de articulación del cuento. La flecha de la muerte anuncia la progresión lineal y trágica del cuento. “El tiempo,” escribe Deleuze, “ vacío y fuera de sus casillas, con su rigor formalista y su orden estático, su unidad destructora y sus series irreversibles, es precisamente la pulsión de la muerte” (111). No obstante, Deleuze es crítico de esta noción Freudiana que une la pulsión de la muerte (Thanatos) con la negatividad Hegeliana y propone más bien el concepto de la muerte como una presencia constante en el ser viviente. Para Deleuze, “la muerte no aparece en el modelo objetivo de una materia indiferente a la cual los seres vivientes ‘regresan’; está presente en los vivos en una experiencia subjectiva y diferenciada dotada de su prototipo" (112).


Y es precisamente este concepto del “prototipo de la muerte” el cual leo en los cuentos violentos de Los monos de San Telmo de Lizandro Chávez Alfaro. En el último cuento, “Corte de chaleco” el narrador nos otorga la experiencia doméstica de “Pedro Altamirano (Pedrón en toda la Segovia),” soldado del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional de Augusto C. Sandino y combatiente de la invasión Yankee en el territorio nicaragüense (1912 – 1933). Altamirano llega quedito del campo de batalla hasta su chozita en la selva, para visitar a Estela, su esposa, y a sus dos hijas. “Ya soy general,” le dice a su señora lleno de orgullo y le enseña el documento de su designación. La mujer queda viendo el sello oficial del Ejercito Defensor: 

Acercó los ojos al papel para distinguir los detalles del sello que sostenía la firma. Había un hombre de patillas largas y espeso bigote, con un gran sombrero de copa alta y aguda. (“Es Pedro,” se dijo. Hizo una pausa para tomar un poco del aire atigrado que llenaba el cuarto.) Doblado sobre el enemigo caído de espalda entre unas rayas que eran yerbas, el hombre le sujetaba el pecho con un pie descalzo, con una mano los cabellos y en la otra sostenía un machete más largo que el brazo con que los sostenía. Las polainas del que estaba caído eran las mismas que había visto en las piernas de los Infantes de Marina, y hasta vio que la tinta morada se volvía rubia en el lugar de los cabellos del extranjero. Al fondo estaban las montañas, piramidales y oscuras.

Unas cuantas páginas después, el narrador describe el asesinato de Estela por los sanguinarios marines y sus mercenarios:

Fueron dos tajos para el cuello. La cabeza desprendida saltó hacia delante en una súbita, ineluctable ansia de morder al teniente. Otros dos separaron los brazos del tórax. Atardecía. Sobre el pecho de Estela fueron cayendo, deslizándose sin prisa, los espesos hilos rojizos que al cruzarse tejían la prenda, bastante más larga que un chaleco, un poco más gruesa que una cota de oro espumoso, de alto quilataje.

Se percibe un movimiento grotesco que oscila entre el nombre de Estela y la descripción de sus miembros cercenados como una prenda de vestir. ¿Es o no es Estela? Es un miasma de piel y de sangre embadurnada de tierra más alla de la palabra ‘muerte.’ La pulsión de la muerte anida en los vivos, es ese “aire atigrado” que funciona como el prototipo de una respuesta a una pregunta repleta de tonalidades virtuales.

Friday, September 30, 2011

Adiós, Reina del Cielo

Me había impuesto el dia de hoy como fecha limite para escribir unas cuantas palabras sobre La Fugitiva (2011), la novela más reciente de Sergio Ramírez. En síntesis, pretendía establecer un marco cronológico y otro comparativo. El primero me iba permitir analizar la obra narrativa del ex-vice-presidente, enfocándome en sus novelas paradigmáticas, como Te dio miedo la sangre y Margarita, esta linda la mar, para luego pasar a su obras más recientes como la novela policíaca El cielo llora por mi. Me parece que esta ultima obra, urbana, sangrienta y coyuntural, es una de sus mejores. Es más, el titulo del primer capitulo es el mismo que encabeza esta nota.

El segundo marco--el comparativo--pretendía establecer una relación entre La Fugitiva y Blanco nocturno (2010), la novela más reciente del argentino Ricardo Piglia. Sin lugar a dudas el 2011 ha sido un excelente año para ambos escritores. La novela de Ramírez--basada en la vida real de la costarricense Amanda Solano--ha recibido mucha atención entre los literatti hispanoamericanos. Es más, hace algunas semanas el nicaragüense fue galardonado con el premio José Donoso por su trayectoria literaria. Por su parte la novela de Piglia--relato híbrido entre lo policíaco y el policostumbrismo de la pampa--fue merecedora del Premio Rómulo Gallegos. Así pues, en la narrativa latinoamericana contemporánea el 2011 ha sido el año de Ricardo y de Sergio.

Les prometo que hubiera sido una nota interesantisima, pero tendrán que imaginársela. Habría hablado sobre los juego meta-literarios en La fugitiva, luego sobre la profusión del vernáculo argentino en Blanco nocturno (bombacha, bataraz, rebencazo, lunfardo) y luego habría terminado con un esbozo que subrepticiamente borraría las diferencias entre ambos autores y resaltaría sus similitudes. En las palabras de Piglia, como todo buen narrador, guardaría silencio y me saltaría los nexos.

Cierro pues con el fantasma de una nota posible este mes de Septiembre. Igualmente se acaba el Festival de Blogs, iniciativa que a todas luces ha sido un gran éxito, ya que ha fomentado la conversación entre esa raza de seres misántropos e imposibles: los blogueros. La iniciativa tenia como tema central la migración, y yo, como paria conseutudinario en el Imperio que envejece, me permito este pepenar aleatorio que oscila entre la actitud de la conciencia y la conciencia de la actitud.

Friday, September 16, 2011

La calavera bajo la piel

Luis Báez. El patio de los murciélagos. San José: Uruk Editores, 2010. 128 págs.

"Y árboles postes espectros cruzaban
las anaranjadas entrañas
de la ceguera."
- Carlos Martínez Rivas, Los testigos oculares

                                                                   
Es imposible enumerar las ideas que centellean en la mente de un lector ensimismado. Las palabras impresas llegan como sombras a las irises para luego reconstruirse—con la materia gris—en algo que acongojados podríamos llamar la “experiencia literaria.” Es una experiencia que ocasiona asombro o extrañeza [ostranenie], que se nos presenta total e inevitable, pero que es más bien incompleta, cercenada—siempre furtiva, como roedores alados en la noche. Todo esto revoloteaba en mi cráneo mientras leía El patio de los murciélagos—opera prima de Luis Báez (Managua, 1986). Leía en una biblioteca subterránea, un ambiente lúgubre, gélido y cavernoso que me hacia añorar la luz del trópico y las playas del pacifico nicaragüense.

La colección de cuentos de Báez sucede en un mundo que se parece a Nicaragua, pero que es más bien el reflejo de la otredad nicaragüense, el negativo fotográfico que nos espanta y que a diario escondemos en el subconsciente colectivo. En el cuento inaugural "La manada," Báez enmarca la nueva realidad de la juventud de Managua: "Una dinámica automática e inconsciente que me hacía ir de mi casa a mi trabajo en un call center, del trabajo a la casa, del trabajo a un bar, del trabajo a una disco, de la disco a la casa, de la casa al trabajo." Pero el protagonista del cuento tiene acceso a lo que se esconde detrás de esta rutina Sísifeana, tiene acceso a "la manada," un grupúsculo de seres salvajes que viven en los alrededores de la laguna de Tiscapa, vigilados por la sombra de Sandino y el recuerdo del "Lomazo." Pero lo que revela este primer cuento es que todos los habitantes de Managua son parte de "la manada." Luego de parar a un taxi el protagonista atrapa su reflejo en la ventana y descubre "la piel renegrida y hendida en dos cuencas profundas, lamiendo la calavera; por un segundo ojos de loco. La maraña de pelo con las formas del viento."

Managua, la metropolis subdesarrollada, es presentada como un ambiente opresivo que repela a sus habitantes. En "Julio1:9" Báez abre una hendidura en la historia reciente presentándonos a Alexis, el alcalde de la metropolis, encerrado en su bóveda de calcio, prisionero de sus recuerdos y de su historia. El mar, la arena y la brisa, en fin las ilusiones tropicales se convierten en una forma de escape para los protagonistas de "Relato sobre papel de arroz." Pero para estos jóvenes capitalinos el viaje al mar se convierte en una pesadilla compartida. Lo macabro y lo grotesco llegan hasta las playas de La Boquita y Casares en la figura de de un loco, "el mero diablo," con una sonrisa que es más bien un "enjambre de arrugas por todo su rostro." Báez ha creado un espacio multiforme, construido de diversos cuentos y retazos, en el que los espectros y monstruosidades de "la manada" vagan a lo ancho y largo no solo de la geografía, sino del devenir y la historia nicaragüense. "La manada" se encuentra hasta en las montañas del norte de país, rodeados de la violencia intestina de los años ochenta. Un soldado nos describe su encuentro con su otredad, con lo animal, es decir, con lo humano:

Yo bajé el arma, no sé porque jodidos bajé el arma. Sus rostro eran brutales, sanguinarios, se reían como calaveras, como mi propia calavera. Eso era, su esqueleto brillando a través de sus labios

Leía El patio de los murciélagos en el gélido sótano de la biblioteca, recortando y recordando ls retazos de mi propia memoria. Las pinceladas tenebrosas de Baéz me hicieron recordar una frase de T.S. Eliot sobre la pluma macabra de John Webster, el dramaturgo inglés del siglo XVII. Para Eliot, la grandeza de Webster se debía a su habilidad de poder ver "la calavera bajo la piel" de sus personajes, como las calaveras que flotan en el horizonte de estos cuentos. Luego viré hacia recuerdos nostálgicos y recree los paisajes que amenazan el entorno de estos relatos. Son historias sobre traumas personales entrelazadas con las heridas que nunca sanan, las que sobreviven en la realidad como espectros y monstruos. Como los sobrevivientes históricos de una catástrofe que nunca terminará.

Friday, September 2, 2011

Los atributos támbien lloran

Javier González Blandino. Historia vertical. Managua: Leteo ediciones, 2011. 157 págs.

En términos estrictamente genéricos Historia vertical—primogénito libro de Javier González Blandino (La Paz Centro, León, 1984)—es una colección de cuentos o relatos cortos. Pero yo diría que el debut de Blandino es otra cosa. Si tuviera que describírselo a un broder le diría que es como un étagère o estantería; una estructura compuesta de tramos para poner y/o exhibir cualquier adorno, quizás un incensario en la parte superior, una candela color ámbar rodeada de libros (Vallejo, Blanchot, Martínez Rivas) y fotos marchitas u objetos varios en los anaqueles restantes. Historia vertical está compuesto de gradientes sumamente variadas. Los cuentos se van compactando el uno sobre el otro a través de retazos, gestos, voces y atributos que se van acumulando como granos de arena en un tubo de ensayo.

 Con el primer cuento, “Primitivo,” el narrador nos invita a un mundo aparentemente familiar: la Nicaragua rural, implacable y empobrecida. El campesino Avelino se despierta y se queda “contemplando la oscuridad de su cuarto humedecida por el sereno.” Luego de leer esta frase que queda levitando en el horizonte trágico del relato escribí “¿Rulfo, Quiroga?” Pero luego de terminar todos los cuentos taché esta marginalia precipitada. Porque la multitud de voces, la atención al estilo, la importancia de las superficies, la mescolanza de coloquialismos, en fin, todos los elementos que delimitan lo que de manera antojadiza he llamado policostumbrismo, me hacen pensar que Blandino ha cocinado algo suculento y novedoso.

 En “Don Pedro Pablo,” el narrador nos ofrece las mentiras de un viejo dicharachero e inca-la-perra. El relato tiene una superficie humorística, pero si apartamos la neblina de pura jodedera notamos que queda algo suspenso en el albur indómito de un viejito que probablemente esté empezando a caer en su senectud. Las caballadas de “Don Pedro” revelan la ironía, y por qué no, la perversidad, tristeza y hasta los limites de ese atributo tan irremediablemente nicaragüense: la ocurrencia.

Y es que, sobre todas las cosas, en Historia vertical Blandino nos regala una verdadera danza de frases, gestos y atributos decidores. El pulpero condescendiente que llama a la niña distraída:
“…shht, niña, tomá muchachita… Le dice a su mamita que el Martes es quince, ¿oyó?”
La mujer que llega penqueada al Centro asistencial, y que luego de revelar a la doctora sus moretones defiende a su verdugo:
“Me golpea por resentimiento viejo, pero sólo cuando está buenisano, borracho se pone a llorar y me pide disculpas. Cuatro—en un esputo hacia la puerta.”
La mujer herida sale de la escena. Antes, el narrador nos había reportado que “un acceso de tos” acompaña a la mujer hasta la puerta. Ahora la mujer moreteada abandona la clínica acarreando sus bronquios inflamados, su íntima flema sanguinolenta, su tos que la delata. En uno de los últimos relatos vuelven a hablar los atributos. El Dr. Joao Cardozo le contesta a su alumna “junto con su calvicie.” Hablan más nuestros cuerpos que nosotros. En Historia vertical son los cuerpos y los atributos los que hablan—gritan, gimen, lloran—hasta por los codos.

Tuesday, August 30, 2011

Chimbomba de hule en la boca de un niño

Daniel Rodríguez Moya (editor). La poesía del siglo XX en Nicaragua. Madrid: Visor libros, 2010. 534 págs.

El mal que nos hiciste, ¡oh maestro!
Porque en tus filosofías de culebra
guindadas de unas ramas nos dejaste tus mudas
Que vistieron después los papanatas.

El anterior epígrafe es creación de Manolo Cuadra, quien junto a José Coronel Urtecho, Luis Alberto Cabrales y Joaquín Pasos, entre otros, formó parte del denominado Movimiento de Vanguardia nicaragüense (1925-1932). Cuadra murió joven, habiendo publicado solamente una colección de poemas, pero sus versos—tomados de su irónica oda “A don Rubén Darío”—galvanizan el problema central de una generación que deseaba tomar distancia del modernismo y sus excesos. El problema dariano es añejo en la literatura nicaragüense aunque notablemente relevante, ya que la figura canónica de Darío—su sombra y su vórtice—presenta, por decirlo así, una seria de complicaciones. En las palabras del propio Coronel Urtecho, la Vanguardia buscaba “ser irrespetuosa con los cisnes.”

Por lo que no sorprende que en la nueva antología de Visor Libros, La poesía del siglo XX en Nicaragua, el editor Daniel Rodríguez Moya haya decidido incluir solamente seis poemas de Darío, particularmente los más famosos y representativos de su obra. Es una decisión difícil y problemática pero en última instancia loable. La elaboración y negociación de una antología, en este caso una antología nacional, es similar a los de una decisión catastral: el espacio es limitado y es necesario construir un gran panorama del quehacer poético de todo un siglo.† Por suerte la decisión editorial de Rodríguez Moya reserva espacios para poetas menos conocidos como Manolo Cuadra y Alberto Cabrales, creando así un panorama más o menos completo de la reacción anti-dariana. Igualmente laudable es la decisión de dejar espacios para la poesía femenina, con selecciones de Vidaluz Meneses, Blanca Castellón y Gloria Gabuardi y de incluir a voces mas jóvenes, como es el caso del recién fallecido Francisco Ruiz Udiel (1977-2010) y Carlos Fonseca Grigsby (1988). En el último poema de la antología, Grigsby promulga un exordio dariano:

Yo poeta, en este siglo de sombras—
Yo, que soy verbo ebrio en movimiento—
destino errante:
con un destino de sombra
y un errante de luz.


Es una feliz coincidencia que el poema de Grigsby se titule “Lo que en el diario no cabe,” ya que lo que no cabe—lo cabido y lo indebido—es el problema central de toda antología. Como parte de la colección de poesía hispanoamericana ‘La Estafeta del Viento,’ el proyecto de Rodríguez Moya está sumamente ligado a lo representativo de la poesía nicaragüense. Sería fácil sugerir, por ejemplo, una selección mas atípica de la obra de Darío, pero la colección desea establecer una lógica definida y la reverberación del lenguaje modernista es uno de sus parámetros críticos. Como nos explica nuestro editor:
Este trabajo pretende ofrecer ni más ni menos que una selección de la obra de casi una treintena de poetas nicaragüenses a partir de Rubén Darío hasta llegar a los mas jóvenes que empiezan ahora a buscar su huecos dentro de su propia tradición.
Esta última selección de poetas jóvenes es denominada la generación del desasosiego‡, agrupación que parece no encajar en la tradición pero que al mismo tiempo dialoga con sus antecedentes en la poesía nicaragüense. Si Darío presenta el elemento estético y cultural ineludible, la complicada historia política y social del país marca la trayectoria poética en la segunda mitad del siglo XX. Sorprende, por ejemplo la gradual compenetración del quehacer poético y el compromiso social en figuras como Ernesto Cardenal y Claribel Alegría y la elaboración de un mito nacionalista, rural y conservador en la poesía de Pablo Antonio Cuadra. Pero la verdadera sorpresa de esta nueva antología es la selección de poetas menos conocidos afuera de Nicaragua, como es el caso de Joaquín Pasos, quien como el antes citado Manolo Cuadra, murió prematuramente tras una larga enfermedad. En “Grande poema del amor fuerte,” nos ofrece el espíritu refrescante del joven enamorado:

Por la calle, yo llevo mi amor como una
faldera,
amarrada del pescuezo por un hilo,
y ella se abraza a la calle
y dibuja la silueta del terreno.

Crece, crece, pompita de jabón.
Jocote en la punta de una rama madura,
botella del vidriero,
chimbomba de hule en la boca de un niño.


Pasos fue miembro fundador del Movimiento de Vanguardia, pero sus versos resaltan por su extrañeza sinestésica así como por el tono trágico característico de sus poemas, entre ellos su largo “Canto de guerra de las cosas.” Pasos vendría a ser una de las voces alternativas a la línea de corte exteriorista de Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal y se convertiría en la inspiración del poeta que no quería ser poeta; el poeta huraño: Carlos Martínez Rivas.

En su “Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos,” Martínez Rivas destila la irónica posición del poeta entre el individualismo y la colectividad:

Una mañana te llevaron a una peluquería, en
donde
te sentaron muy serio, y todo el tiempo
te portaste como un caballerito
y bromearon contigo los clientes. Todo esto
mientras te cortaban los bucles y te hacían
parecer tan distinto.


Misántropo y desconfiado del mercado poético, Martínez Rivas publicó solamente dos poemarios a lo largo de su vida y no fue sino hasta hace unos pocos años que se logró recopilar su Poesía reunida (2007). Pero además de resumir el dilema existencial del poeta, los versos de Martínez Rivas también describen la problemática del antólogo: ¿Cómo cortar los bucles de un corpus nacional sin sacrificar la variedad y calidad del corte? Si bien la antología de referencia—la cual Rodríguez Moya elogia en su introducción—sigue siendo la edición de Julio Valle-Castillo, El siglo de la poesía en Nicaragua (2005), sus cuatro volúmenes no permiten la satisfacción de notar los cambios paradigmáticos en la poesía más representativa del siglo. Construida como una exposición de la variedad de la poesía nicaragüense, la antología de Rodríguez Moya logra su cometido. La congregación de estas 28 voces presentan una muestra pequeña y sucinta de lo que significó hacer poesía en la Nicaragua del siglo XX; un quehacer mejor descrito en el famoso axioma de Martínez Rivas: “Hacer un poema era planear un crimen perfecto.”

†Para un análisis incisivo de las antologías poéticas y su lugar en el quehacer literario nicaragüense veáse Las Antologías y el Problema del Texto Emblemático de Leonel Delgado Aburto.

‡Este nombre generacional fue acuñado por la escritora nicaragüense Gioconda Belli. Me parece que el nombre amerita revisión y por mi parte prefiero el mote de generación apocalíptica.

Reseña publicada en El Roommate: colectivo de lectores.

Sunday, August 28, 2011

Ahí viene la migra

Me fui broder, me jalé, medio engomado, con los ojos medio enrojecidos, sientiéndome medio balurde.



Me fui de Nicaragua y regresé a los Unay y al aterrizar--luego del mismo proceso de siempre, la interrogación por parte del oficial migratorio que planta minas cognitvas con preguntas altisonantes, la rebuscada en el aliño para ver si vas con droga porque sintieron el sospechoso olor nixtamalizado de los nacatamales congelados--me sentí como alguien que se queda viendo la tele por un largo período y luego se despierta de un sueño imaginado, medio confundido, lleno de pedazos de rosquillas Rivenses y Somoteñas, sentado en una mecedora de las que hacen en Masatepe, medio calenturiento, con un bigote de Rojita™ y una botella vacía de Ron Plata™ que brilla en la noche que no asustará.



Lo bueno es que me traje una buena cantidad de literatura, lo que me devolvió un poco de la realidad imaginada luego de aterrizar y enfrentar el miedo profundo de los Estados Unidos, un miedo que aterra pero del que no te podes escapar. Un miedo que encontré magnificado con el Huracán Irene.



Pero regresando a lo de los libros. Antes de despegar me fui a agarrar lo que pude de un retazo de la literatura nicaragüense contemporánea, la mayoría publicada por el CNE y uno que otro de editoriales hegemónicos (Alfaguara) o periféricos (Uruk).



Aprovecho el Festival de Blogs para compartir con ustedes unas cuantas críticas de estos textos, tentativamente una por semana o quizás más (o menos) dependiendo del tiempo y la destreza del Changarro Digital. Inevitablemente, estás reseñas serán producto de la migración y vendrán matizadas por el distanciamiento entre el terruño y el espíritu, entre el color local y el cosmopolitismo.



El Changarro Digital ha cambiado mucho en lo que va del año. Le cambiamos la pinturita que ya estaba pelándose y le hicimos un añadido al porche que se estaba cayendo despues del invierno pasado. Ahora logramos que nos dieran un prestamito y le vamos ampliar la sala y a cambiar los muebles de la cocina. Esperamos compartir con ustedes los avances y regresiones de este nuevo devenir.

Sunday, August 21, 2011

Marca País

Luego de citar una reciente encuesta, Arturo Cruz, procurador de galimatías y nimiedades circulares, afirmó que el gobierno más popular en el ideario histórico de los ciudadanos nicaragüenses (creo que Arturo los llamaría consumidores o clientes) es el actual gobierno del comandante Daniel Ortega, con un 52% de aceptación. Le sigue al Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional los gobiernos de los tres Somozas, con un 12% de nostálgica aprobación, fenómeno que para Cruz es sorprendente. "Increíble la memoria histórica de los nicaragüenses," apuntó.



Pero si calcamos el croquis que dibuja la frase de Marx, "primero como tragedia, luego como farsa," es fácil acercarnos a las revelaciones de estas estadísticas. Ahora, como nicaragüense y más aun como un nicaragüense burgués, estoy acostumbrado a numerosas frases que explican esta segunda cifra, ese 12% que continua recordando a la era somocista como el cenit de nuestra nación. Estas frases son variadas y coloridas y van desde las más predecibles ("Nicaragua antes era el granero de Centroamérica," "Había gente pobre pero nadie se moría de hambre,") hasta las más insólitas y descachimbadas ("Somoza tenia adoquinada a toda Nicaragua," o "Había corrupción pero era mínima y se respetaban las instituciones del estado"). Las frases son risibles y cansadas pero si se estudian a fondo es posible acercarnos al momento histórico que se nos avecina como una ola de una materia cuyo nombre mejor me reservo.



Pero regresemos a la frase marxista --un poco trillada por exceso de uso--sobre la repetición de los procesos históricos. Por estos días se celebró en Managua un foro de inversionistas que a todas luces fue un éxito rotundo. Según Arturo Cruz a pocos inversionistas les importa la honradez de las instituciones del estado y ven más bien un gobierno sumamente fuerte, con un horizonte ya trazado, lo que provoca un alto nivel de seguridad y confianza a corto, mediano y largo plazo. Así pues, vivimos un momento de bonanza económica, con unos niveles macroeconómicos insuperables y con un crecimiento sostenido. En otras palabras, Nicaragua vuelve a crecer como en los tiempones de la epoca somocista, ya que su perfil cultural forma las condiciones para que se asenten dictaduras que bajen el volumen de incertidumbre democrática y para que l@s nicaragüenses trabajemos en paz y en amor, con solidaridad y apertura cristiana.



La empresa privada, por su parte, recibe con beneplácito la tendencias fondomonetaristas del gobierno actual. El contubernio ha producido una asociación quasi-fascista entre los conglomerados nacionales y la administracion ejecutiva. En terminos ideológicos se estan gestando las condiciones para el establecimiento de la hipocresia generalizada, la del neoliberalismo con rasgos caritativos, socialistas (clientelistas) que describe el pensamiento de Slavoj Žižek:







Para el conglomerado de Casa Pellas, la hipocresía queda en evidencia con la frase "Cree en ti." Me imagino a uno de los cañeros tarareando la cancioncita ("Cree en ti, cree en ti, Nicaragua patria mía cree en ti") mientras se intoxica con una botellita de Caballito. Para el conglomerado de BANPRO, la hipocresia se reduce a los rialitos que le tiran a la fundacion Ortiz-Gurdian para importar santos y beatos de Italia para decorar las iglesias repletas de estomagos que croan como ranas al ritmo del Introibo ad altare dei.



Al fenómeno se le conoce como Marca País y tiene hasta su chica del mes en la forma de Adriana Dorn, la niña burguesa a la que no le importa la política pero si le importa su pais, su desarrollo ProNicaragua, y luego te vende con su sonrisa pizpireta un celular Claro y una Toña bien helada; no acepte imitaciones.