
Todo lo había perdido en el boom. Los algodones aun poblaban las colinas estériles de la finca de su padre cuando se vio obligado a abandonarla, perderla luego de apostar en futuros, inestables promesas de compra-venta, que luego de la sequia no pudo cumplir. Alguna vez se había jactado que algún día todo el mundo se vestiría con las motitas blancas que ahora yacían inutilizables en la tierra seca, la tierra de Marzo y el calor de Semana Santa. Era—le había hecho una mueca su abogado el día anterior—una pérdida total.
Largas horas había cabildeado David aquel Jueves negro, su pesadilla hipotecaria. Desde representates de bancos estatales, a antiguos amigos de su padre, el heredero de la Fortuna de los Caceres había argumentado sobre el inmenso potencial textilero de su misera cosecha. “Vos mejor que nadie sabés, Arturo, que el precio tiene que subir en unas semanas, estas cosas son así.” Pero ahora que se retiraba de su propiedad por última vez se daba cuenta que lo mejor se avecinaba, que era demasiado pronto para rendirse, siempre hay segundos intentos en la vida, no solo en las películas, y era de ilusos llorar sobre algodones marchitos y desmotadoras desvencijadas. “Metele la pata Joselito, estos hijos de puta no saben con quién se están metiendo.”
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