
“Claro, prosiguió a estipular el Sr. B, tenes que ver ambos lados de la cuestión. Es bien difícil establecer cualquier parámetro que establezca las reglas buenas de la malas pero siempre habrá cosas que mejorar, aunque todos los países, como dicen, incluyendo el nuestro, tienen los gobiernos que se merecen.”
—James Joyce
Así se la pasa Leopoldo Bloom en el Ulysses de Joyce. Cuando no está comiendo hígados de cerdo, masturbándose o pedorreándose, se la pasa tratando de buscar formas pragmáticas de mejorar a Irlanda. No le interesa la ideología ni la revolución, sino el pie de amigo, la gotera, las cuentas claras. Llega al cementerio a enterrar a Patty Dignam y piensa que sería buena idea instalar unos teléfonos en los ataúdes, por si acaso el occiso se despierta y desea ser rescatado de morir asfixiado. Le preocupa que Stephen Dedalus frecuente los burdeles de Dublin y se le ocurre que es importante establecer una comisión que regule la salud sexual de las prostitutas. Si Dedalus es el espíritu artístico, Bloom es el espíritu práctico. “Nunca entendí porque al final de la noche ponen las sillas patas para arriba en los restaurantes,” le dice Dedalus a Bloom, quien le contesta en un santiamén. “Es para que puedan limpiar en la mañana.”
Y me pregunto, ¿qué cosas pensaría Bloom si viviera en la Nicaragua orteguista, en el año 2011? No viviría en los suburbios, eso esta claro, sino en un vecindario más o menos central y de clase media, una casa en Altamira o Los Robles, una casa con espacio suficiente para que la Molly Bloom haga sus fechorías con Blazes Boylan, cuyo nombre podría ser algo así como Arduino Fogoso, miembro de Macolla o La nueva compañía. Asi es, Leopoldo Flores viviría en Los Robles y no leería los periódicos ni tampoco tendría automóvil. Se despertaría muy de mañana a comprar el desayuno en la pulpería de la esquina y caminaría hasta su trabajo en el edificio Pellas. No tendría opiniones políticas pero si muchas sobre el desorden vial, la basura, los perros abandonados y los trabajadores por cuenta propia.
Leopoldo Flores no tiene opiniones sobre la selección de Halleslevens como vice del comandante. Pero aún recuerda la noche que invadieron la casa de Chema Castillo. Cada mañana que pasa por la casa de Chema Castillo o Restaurante Parrilladas, le entristece ver que no hay nada de memoria colectiva. Piensa que seria bueno convertir al restaurante Parrilladas en un museo social, una “casa-museo” con fotos del comando, fotos de la antigua burguesía codeándose con la diplomacia, dioramas de las muchachitas de ‘gente bien’ departiendo con guerrilleros que buscaban un mejor futuro para su país. Pero el lugar solo sirve de hartasca de Parrilladas y frijoles refritos. Piensa: se le podría llamar el museo Chema Castillo, no, el museo German Pomares, no, el museo a la división social, si, “Casa-museo de la división social nicaragüense."
Regresa Leopoldo Flores con Esteban Dédalo intoxicado, luego de haberlo encontrado en “El Elite,” gastando sus riales. Son las dos de la mañana y en la esquina de Chema Castillo, en la esquina de las Parrilladas, levantan las sillas para que no estorben mañana, para que mañana sea más fácil limpiar el embaldosado: limpiarlo de toda la sangre, de toda la grasa.
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