Friday, September 2, 2011

Los atributos támbien lloran

Javier González Blandino. Historia vertical. Managua: Leteo ediciones, 2011. 157 págs.

En términos estrictamente genéricos Historia vertical—primogénito libro de Javier González Blandino (La Paz Centro, León, 1984)—es una colección de cuentos o relatos cortos. Pero yo diría que el debut de Blandino es otra cosa. Si tuviera que describírselo a un broder le diría que es como un étagère o estantería; una estructura compuesta de tramos para poner y/o exhibir cualquier adorno, quizás un incensario en la parte superior, una candela color ámbar rodeada de libros (Vallejo, Blanchot, Martínez Rivas) y fotos marchitas u objetos varios en los anaqueles restantes. Historia vertical está compuesto de gradientes sumamente variadas. Los cuentos se van compactando el uno sobre el otro a través de retazos, gestos, voces y atributos que se van acumulando como granos de arena en un tubo de ensayo.

 Con el primer cuento, “Primitivo,” el narrador nos invita a un mundo aparentemente familiar: la Nicaragua rural, implacable y empobrecida. El campesino Avelino se despierta y se queda “contemplando la oscuridad de su cuarto humedecida por el sereno.” Luego de leer esta frase que queda levitando en el horizonte trágico del relato escribí “¿Rulfo, Quiroga?” Pero luego de terminar todos los cuentos taché esta marginalia precipitada. Porque la multitud de voces, la atención al estilo, la importancia de las superficies, la mescolanza de coloquialismos, en fin, todos los elementos que delimitan lo que de manera antojadiza he llamado policostumbrismo, me hacen pensar que Blandino ha cocinado algo suculento y novedoso.

 En “Don Pedro Pablo,” el narrador nos ofrece las mentiras de un viejo dicharachero e inca-la-perra. El relato tiene una superficie humorística, pero si apartamos la neblina de pura jodedera notamos que queda algo suspenso en el albur indómito de un viejito que probablemente esté empezando a caer en su senectud. Las caballadas de “Don Pedro” revelan la ironía, y por qué no, la perversidad, tristeza y hasta los limites de ese atributo tan irremediablemente nicaragüense: la ocurrencia.

Y es que, sobre todas las cosas, en Historia vertical Blandino nos regala una verdadera danza de frases, gestos y atributos decidores. El pulpero condescendiente que llama a la niña distraída:
“…shht, niña, tomá muchachita… Le dice a su mamita que el Martes es quince, ¿oyó?”
La mujer que llega penqueada al Centro asistencial, y que luego de revelar a la doctora sus moretones defiende a su verdugo:
“Me golpea por resentimiento viejo, pero sólo cuando está buenisano, borracho se pone a llorar y me pide disculpas. Cuatro—en un esputo hacia la puerta.”
La mujer herida sale de la escena. Antes, el narrador nos había reportado que “un acceso de tos” acompaña a la mujer hasta la puerta. Ahora la mujer moreteada abandona la clínica acarreando sus bronquios inflamados, su íntima flema sanguinolenta, su tos que la delata. En uno de los últimos relatos vuelven a hablar los atributos. El Dr. Joao Cardozo le contesta a su alumna “junto con su calvicie.” Hablan más nuestros cuerpos que nosotros. En Historia vertical son los cuerpos y los atributos los que hablan—gritan, gimen, lloran—hasta por los codos.

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