Monday, May 2, 2011

Apocatástasis y cataplasmas



Ahora sigo las noticias de Nicaragua con la seriedad y fervor mariano de un filatelista, un coleccionista de pequeños actos de corrupción y desenlaces. El otro día me acorde del FUAC, el otrora frente unido Andrés Castro del triangulo minero, el mismo que amenazaba con pertrechos de los ochenta al gobierno liberal y por ende la estabilidad de las privatizaciones de los noventa y su receta; la misma que había llegado al extremo de privatizar la recolección de basura de la capital, provocando la invasión de un sequito de carritos verdes IDROJETS sobre Managua atiborrada, hasta que la compañía italiana se aburrió, quedando los carritos como souvenires del campesino urbano. Era como si una cuchilla dividía la semilla: el mundo se venia acabando y lo vaticinaban los fondomonetaristas en los informes que anunciaban también la toma del INISER de la Paz Centro por el frente unido Andrés Castro. Pienso en la historia con la seriedad y satisfacción de un filatelista en un su senectud.



Por lo que me complace ahondar en la propuesta de nuestros últimos días. Por esas contingencias de la historia, he empezado a trabajar en este texto durante la alharaca sobre la muerte del terrorista cuya celebridad me permite obviar su nombre al final de esta oración. Porque lo que han vendido los apotecarios de los medios ha sido la muerte de bin Laden como la conclusión de la primera década del nuevo siglo: si el 11-S marca el principio del trauma, el ajusticiamiento funciona como un cataplasma sobre la llaga, sellando la década (2001-2011). Cóncavo y convexo: el sujeto y predicado que demanda la lógica del tiempo. Es una reducción o segmentación en décadas que afecta también al quehacer literario, particularmente a una incipiente generación de escritores nicaragüenses, una generación que desafortunadamente ha caído en el abismal nombre de generación del desasosiego, termino amorfo cuya etimología y uso desconozco, pero que en ocasión me he visto obligado a usar a falta de otras opciones.



No hay mejor horizonte como el que que amenaza a nuestro entorno, por la misma razón que no hay línea horizontal que no sea también una línea vertical. No hay mejor horizonte que el Apocalipsis, como los mapas medievales en cuyos horizontes perfilaban dragones y bordes de marfil: el borde de una piscina a punto de desbordarse. El Apocalipsis es una sopa a punto de ebullición. La generación apocalíptica espera una copa de la conclusión de la gesta heroica, en la cocina preparan la sopa de res y le dan su sazón. La generación apocalíptica, sentada sobre la mesa, es la generación que espera la sopa, el desenlace del punto de ebullición, pero la sopa de res no llega. El fruto de la gesta heroica ya nunca va a llegar, pero la generación apocalíptica espera, porque en su entorno son los adventistas perpetuos.



El apocalíptico hace muchas otras cosas, pero sobre todo espera. Sueña a veces con lo que venden los narradores: una posibilidad de apocatástasis que siempre esta surgiendo bajo la superficie del texto. Pero espera sobre todo porque odia las conclusiones, como quien odia la promesa terapéutica de los ungüentos, eventos, sopas y cataplasmas.



Imagen: tomada de Santa Sangre (1989), Dir: Alejandro Jodorowosky