Tuesday, January 17, 2012

Deleuze y el corte de chaleco

Ensimismado en el movimiento de El nacimiento de la tragedia de Nietzsche llegué a toparme con la Diferencia y repetición de Gilles Deleuze, libro no apto para menores que enarbola la bandera de la diferencia en oposición a una Historia de la Filosofia en la que Deleuze lee los bochornos obsesivos de la Identidad. En vez, de la realidad del cogito de Descartes, Deleuze habla sobre el exceso de lo virtual vis a vis sus actualizaciones.

Lo virtual para Deleuze no es la noción chabacana de una realidad digital tipo The Matrix o Matrix Reloaded. Es más bien aquél campo mental repleto de posibilidades, de variedades e intensidades infinitas. Por definición, lo virtual es infinitamente más variado que la realidad y es precisamente esta infinidad de diferencias que la identidad opaca y suprime.

En “El jardín de senderos que se bifurcan” Borges recrea la posibilidad de una novela en la cual los hechos no suceden—como suelen suceder en la ficción—de manera lineal, un episodio después de otro. En esta novela infinita el protagonista no toma un camino predeterminado, ignorando al otro, o abre una puerta y cierra la otra. En la novela descrita en el relato de Borges todas las combinaciones ocurren, el personaje toma todos los senderos, todas la puertas permanecen abiertas y cerradas, dando lugar a una novela de posibilidades infinitas.

En Diferencia y repetición, Deleuze usa el ejemplo de “El jardín de senderos que se bifurcan” para conceptualizar este espacio virtual que se asemeja a un entramado de multitudes. Sin embargo, me parece que es posible identificar este croquis virtual y multi-direccional en relatos que a simple vista operan en la lógica rígida de sucesiones que caracterizan a la ficción tradicional. En el caso de Borges, un cuento como “El Sur” tipifica la estructura arborescente que desvirtua las posibilidades de el relato infinito. Si bien es cierto que la muerte de Juan Dahlman en un duelo de cuchillos es el sueño halucinatorio del convalesciente, todo el cuento se concentra en este punto del destino final; un destino marcado por la genealogía familiar del protagonista.

Es decir, la conclusión del cuento—la muerte de Juan Dahlmann—es el punto de articulación del cuento. La flecha de la muerte anuncia la progresión lineal y trágica del cuento. “El tiempo,” escribe Deleuze, “ vacío y fuera de sus casillas, con su rigor formalista y su orden estático, su unidad destructora y sus series irreversibles, es precisamente la pulsión de la muerte” (111). No obstante, Deleuze es crítico de esta noción Freudiana que une la pulsión de la muerte (Thanatos) con la negatividad Hegeliana y propone más bien el concepto de la muerte como una presencia constante en el ser viviente. Para Deleuze, “la muerte no aparece en el modelo objetivo de una materia indiferente a la cual los seres vivientes ‘regresan’; está presente en los vivos en una experiencia subjectiva y diferenciada dotada de su prototipo" (112).


Y es precisamente este concepto del “prototipo de la muerte” el cual leo en los cuentos violentos de Los monos de San Telmo de Lizandro Chávez Alfaro. En el último cuento, “Corte de chaleco” el narrador nos otorga la experiencia doméstica de “Pedro Altamirano (Pedrón en toda la Segovia),” soldado del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional de Augusto C. Sandino y combatiente de la invasión Yankee en el territorio nicaragüense (1912 – 1933). Altamirano llega quedito del campo de batalla hasta su chozita en la selva, para visitar a Estela, su esposa, y a sus dos hijas. “Ya soy general,” le dice a su señora lleno de orgullo y le enseña el documento de su designación. La mujer queda viendo el sello oficial del Ejercito Defensor: 

Acercó los ojos al papel para distinguir los detalles del sello que sostenía la firma. Había un hombre de patillas largas y espeso bigote, con un gran sombrero de copa alta y aguda. (“Es Pedro,” se dijo. Hizo una pausa para tomar un poco del aire atigrado que llenaba el cuarto.) Doblado sobre el enemigo caído de espalda entre unas rayas que eran yerbas, el hombre le sujetaba el pecho con un pie descalzo, con una mano los cabellos y en la otra sostenía un machete más largo que el brazo con que los sostenía. Las polainas del que estaba caído eran las mismas que había visto en las piernas de los Infantes de Marina, y hasta vio que la tinta morada se volvía rubia en el lugar de los cabellos del extranjero. Al fondo estaban las montañas, piramidales y oscuras.

Unas cuantas páginas después, el narrador describe el asesinato de Estela por los sanguinarios marines y sus mercenarios:

Fueron dos tajos para el cuello. La cabeza desprendida saltó hacia delante en una súbita, ineluctable ansia de morder al teniente. Otros dos separaron los brazos del tórax. Atardecía. Sobre el pecho de Estela fueron cayendo, deslizándose sin prisa, los espesos hilos rojizos que al cruzarse tejían la prenda, bastante más larga que un chaleco, un poco más gruesa que una cota de oro espumoso, de alto quilataje.

Se percibe un movimiento grotesco que oscila entre el nombre de Estela y la descripción de sus miembros cercenados como una prenda de vestir. ¿Es o no es Estela? Es un miasma de piel y de sangre embadurnada de tierra más alla de la palabra ‘muerte.’ La pulsión de la muerte anida en los vivos, es ese “aire atigrado” que funciona como el prototipo de una respuesta a una pregunta repleta de tonalidades virtuales.